El día que Momostenango le dijo a su poeta cómo es su modo de recordar

I

El día marcaba la energía oxlajuj E, era el último día de enero y el ambiente y el camino eran fríos, ese mismo camino que conduce de Quetzaltenango a Momostenango, el que conecta buena parte del occidente de Guatemala, el que recorren las camionetas con su tempestuosa velocidad, el que se toma para ir a la capital, cuando se toma el desvío por San Francisco El Alto y empieza el descenso a Momostenango y se hace sinuoso y todo se convierte y uno siente que efectivamente está atravesando un poema, los árboles parecen saludar, los pájaros cantan y una extraña sensación de llegar el corazón de algo que espera, que está ahí.

Al llegar a Momostenango, un pueblo alegre y lleno de vida, como todo los pueblos de origen maya, daba esta vez otra sensación, eran las 11 de la mañana y las calles estaban teñidas de un profundo silencio, moñas negras en la puertas, fotos, flores, era verdad, el poeta había cerrado los ojos, la nación quiché había perdido a su poeta.

II

Su casa era tal y como uno la imagina cuando se leen sus poemas, los pinos alrededor meciéndose con el aire, el terreno de maíz que para estas fechas luce árido, el caminito de piedra que da a la puerta, las paredes de adobe pintadas de blanco que dan la sensación de que el tiempo se detuvo y el techo de tejas rojas, en las afueras una enorme cantidad de gente, la mayoría sostenían entre sus manos flores, libros, la bandera de los pueblos mayas, el tum y el caracol partían el ambiente, el féretro salió de la casa y el llanto de su familia más cercana recordó que la muerte es un misterio, esta vez no era el poeta, era Humberto, el hijo, el tío, el papá, el hermano, el vecino que ya no volvería, los pájaros lloraron también.

Mientras el sepelio avanzaba por las estrechas calles que vieron al poeta una y otra vez, su pueblo, los herederos de una sabiduría milenaria, el pueblo quiché salía a su encuentro, los tejedores de palabras, las abuelas, las niñas, todos se acercaban a despedir al guardián de la caída del agua, entre la multitud que lo acompañaba alguien que dijo ser su primo hablaba de algunas anécdotas de juventud y del terreno cercano al parque central que era propiedad de Humberto, tal y como lo nombró. El féretro hizo una parada frente a ese terreno y ambos se dijeron adiós, en el parque lo esperaban muchos, niños y niñas leyeron sus poemas, un enorme poncho momosteco abrazaba el ataúd que se perdía entre las flores que en su mayoría eran blancas, amarillas y moradas.

Al terminar el homenaje en el parque, se inició el camino hacia el cementerio; cientos caminaron a su par sin decir nada, en completo silencio, Momostenango se silenció, las palabras también se dicen sin nombrarlas, la poesía también tiene sentido cuando no se dice nada, la comunidad tejiendo su memoria.

III

Decía Onetti que un escritor es un buen hombre y eso sucedió en el sepelio de Humberto Ak’abal, solo a un buen hombre lo puede acompañar masivamente su pueblo a la tumba, solo alguien que logra tocar la fibra más profunda, solo a alguien que puede entender y traducir el idioma en el que hablan los árboles. Durante los últimos metros antes de llegar al cementerio, la muerte se transformó en una extraña celebración y en las paredes de las casas colgaban fotos del poeta, en las que se dejaba ver sonriendo, en completa tranquilidad, cada vez era más la gente que lo acompañaba; un grupo de niñas estudiantes cargó el ataúd durante unos metros, devolvían el cuerpo del poeta al útero de la tierra, el sol ya no era tan fuerte y el cielo era completamente azul, caía la tarde sobre las montañas.

IV

El cementerio de Momostenango está entre una montaña, los mausoleos se mezclan con los árboles y el paisaje en vez de ser lúgubre, es dulce, pareciera que en ese lugar la muerte y la vida estuvieran jugando, el sonido del viento suena como una oración que se repite y se repite, la gente se acomodó en todos los rincones, varios niños se montaron sobre el techo de algunas tumbas y daba la sensación que estaban a punto de volar barriletes.

El cuerpo del poeta Humberto Ak’abal fue depositado en un mausoleo de color amarillo desde donde se puede ver a lo lejos su casa; su espíritu fue reclamado por el fuego, lo llamaron las piedras, los pájaros vinieron por él, su espíritu vivirá ahora entre las montañas, el 31 de enero de 2019 quedará marcado como el día en que Momostenango le dijo a su poeta cómo es su modo de recordar.

Marvin García/ @marvinsgarcia

Marvin Samuel García Citalan (Quetzaltenango, Guatemala 1982.) Poeta, gestor cultural y editor. Fundó junto a otros poetas quetzaltecos el grupo literario «Ritual» con lo cual inicio el nuevo movimiento artístico-cultural de Quetzaltenango. Desde 2003 dirige la asociación Metáfora y el Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango, único evento de su tipo en Guatemala, considerado como uno de los mejores festivales de poesía en América Latina. Ha colaborado en varios movimientos artísticos y proyectos editoriales de Centroamérica. En 2010 junto a varios poetas fundó la red «Nuestra América» de festivales de poesía, actualmente ha iniciado el proyecto editorial Metáfora editores. Varios de sus textos han sido incluidos en antologías de MéxicoCubaColombiaEspaña y República Dominicana. Sus poemas han sido traducidos al inglés e Italiano, ha participado en festivales y encuentros de poesía en varios países de América Latina.

Cuando nací

Me pusieron dos lágrimas

en los ojos

para que pudiera ver

el tamaño del dolor de mi gente. 

Humberto Ak’abal

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